Bajar las revoluciones. Ignorar los challenges de Goodreads. Pasar de booktokers. Entender que la vida está en otra parte. Ironías de la vida, ahora todo está en otra parte que sigue siendo internet (ojalá Leer despacio llegue a ser un periódico físico que comprar en la entrada del metro y en las estaciones de autobuses). Pero en otra parte, a fin de cuentas, como una deep web de desterrados sin FOMO que ya no tienen cabida en el internet de verdad.
No tengo la pretensión de cambiar el mundo. Ya siquiera intento ser coherente. Sé que las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo, y las sigo usando con resignación porque son las únicas herramientas que tengo para hablar en público de los libros que me gustan y de cómo me gusta leerlos. El amo no me ha dado otras herramientas y yo tampoco he hecho nada por buscarlas. ¿Hacía falta un espacio dedicado a la lectura lenta? No creo. Ni otra página de reseñas. Ni nada de nada. Esto no es necesidad, es un capricho. Por eso me valen las herramientas del amo: porque son sus reglas, sus plataformas, sus editoriales, sus algoritmos, y mis ganas de leer despacio, no de luchar contra el sistema.
Sigue habiendo algo básico en todo esto. Leer despacio, así, como título, es lo más básico que te puedes echar a la cara. Y es básico porque necesita tu atención dos segundos. Porque el algoritmo dice que hay que dar las cosas ya masticaditas, no vaya a ser que con los nombres originales alguien llegue aquí buscando zanahorias. Así que es básico, pero honesto: aquí se viene a leer despacio. A hablar de cosas que se leen despacio. A dejar reseñas de los libros que tardamos dos meses y medio en leer. Y a presumir de ello (si te apetece).