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Centro Terapéutico

Yo vivía pegada a los libros.

En La Habana de los ’90 era lo mejor que podía hacer: leer. Devoré toda la biblioteca de la escuela, la colección de revistas Bohemia prerrevolucionarias de mi abuelo, y cualquier otra cosa que cayera en mis manos, con tal de no ser consciente de lo que ocurría a mi alrededor. Yo necesitaba a Astrid Lindgren porque el mundo (mi mundo) era demasiado Pedro Juan Gutiérrez.

Un avión. Un océano. Madrid. Malos tratos. Trastornos de alimentación. Idas y venidas. La guitarra no es lo mío. Bloqueos mentales. Diplomatura en Educación Social. ¡Soy vegetariana! Trabajos precarios. Gafas moradas. Formación en género y mediación. Terapia. Trabajos menos precarios. Activismo. Maternidad. Antropología. Olivenza.

Ikigai.

Hace años un amigo me preguntó cuál era el mío, y no supe qué responder. No lo supe hasta que el contacto con víctimas de abusos sexuales me obligó a reconocer cuántas secuelas tenía dentro de mí. Y aún así, me ha llevado algún tiempo vencer mi síndrome de impostora, darle forma al proyecto de acompañamiento terapéutico, y confiar en mí.

Hay más profesionales que peces en el mar, y te recomiendo, desde mi propia experiencia, que busques a la persona con la que hagas match. Es importante que no desistas. Si te cansas, respira hondo, pero no te rindas, porque sanar no es una opción entre varias: sanar es la única opción.