Qué bueno. Me alegro por ti.
Ahora en serio: claro que tienes traumas. Es imposible no tenerlos.
Si pegar fuera educativo, seguramente la ley ampararía este tipo de medidas correctivas en la vida adulta. Por ejemplo, en el trabajo: ¿te imaginas recibir una bofetada por hacer mal una fotocopia? ¿Por qué pegar a tu pareja es un delito, pero justificar una agresión a tu bebé porque es “sólo” un azote y es “por su bien” es lo más normal?
Desde la infancia:
El castigo físico no es pedagógico. En el mejor de los casos, la conducta indeseada para el mundo adulto se modifica por miedo, no por comprensión. Ese es el principal problema: vivimos en un mundo adultocéntrico, donde la infancia saludable (esa que salta en la cama, se mancha al comer, y dice que no cuando siente que es “no”) es incómoda, y la infancia ideal (esa que vive sentada, callada, limpia y obediente) debe conseguirse “por la razón, o por la fuerza”. ¿Consecuencias? Temor, violencia, incoherencia (está mal pegar a tus compis de la guarde, pero tienes que aguantar que yo te pegue a ti), sensación de impotencia e indefensión, falta de confianza, problemas de autoestima (te pego porque tú te lo has buscado/te lo mereces), y un modelo nefasto de resolución de conflictos.
Desde la responsabilidad:
El castigo físico es una evidencia del descontrol emocional de quien lo ejerce, y es siempre un abuso de poder. Entre personas adultas es menos frecuente que la primera opción para resolver un conflicto sea la violencia y, cuando llega a producirse, en general hay condena social hacia esas conductas. Si te encuentras con una pelea en el portal de tu casa ¿qué piensas? ¿“Qué bueno, así se hace” o “vaya par de gilipollas, pegándose en vez de hablar”?
Si no condenamos el maltrato infantil con la misma energía, es para no pillarnos los dedos porque pensamos que en cualquier momento podemos estar en el bando agresor. ¿A quién no se le puede escapar un cachete?
Curiosamente, no se te escapan los cachetes ante cualquier conflicto de tu vida adulta, ni siquiera cuando estás frente a la persona más desesperante del planeta. Que des por zanjado el asunto con una colleja o dos no depende del conflicto en sí, sino de la edad de la otra parte. ¿Por qué tanto autocontrol en un lado y tan poco en el otro?
Desde tus traumas:
Es mucho más “fácil” repetir la conducta (y por tanto, legitimarla) que reconocer que no te merecías que te pegaran.
Es mucho más “cómodo” vivir con alguien que te obedece que con alguien con criterio, deseos, y su propia manera de ver el mundo.
Es mucho más rápido imponer que argumentar.
Detrás de un “a mí me han pegado y no salí tan mal”, están la ansiedad, la depresión, las relaciones tóxicas, la baja autoestima, el miedo a la autoridad, las conductas violentas, las adicciones, y otras tantas secuelas sin conexión aparente con ese par de zapatillazos que “te merecías” de vez en cuando.
¿A qué viene todo esto el Día de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres?
Las relaciones de maltrato no se construyen desde cero: vienen respaldadas por la indiferencia social hacia la violencia. Y esta indiferencia no empieza a los 20 años, sino en la cuna, cuando asimilamos que es una parte más de la vida y que «quien bien te quiere, te hará sufrir». Si quien más me quiere en este mundo es quien me pega por mi bien, ¿por qué no dejar que otras personas que me quieren también lo hagan? ¿Por qué no hacerlo yo, si no es más que una manera como cualquier otra de solucionar los conflictos?
Si te llega a pasar (que puede ser, y es bueno saber cómo afrontarlo porque eso te ayudará a no repetirlo en el futuro):
En primer lugar, es importante que conectes con la emoción concreta que ha desencadenado esa reacción y la coloques sólo en ti. A lo mejor es un automatismo que has aprendido de tu familia y nunca te has parado a reflexionar sobre por qué lo haces. A lo mejor estás más irritable que de costumbre, hay un comportamiento específico que te saca de quicio siempre, o se han activado mecanismos inconscientes que te hacen sentir mal y te cuesta saber por qué. Sea lo que sea, es importante que lo identifiques y lo verbalices: “cuando pasa esto, yo me siento así y así por X motivo”.
En segundo lugar, no te justifiques. “Te pegué porque no me hacías caso y perdí el control” sigue colocando la responsabilidad de la agresión en el bando equivocado. Le pegaste porque perdiste el control, y punto, no por nada que hiciera o dejara de hacer.
En tercer lugar, pide perdón. Le estarás dando un buenísimo ejemplo, pues aprenderá a pedir perdón viendo cómo lo haces, no por ciencia infusa. Es el único comportamiento de toda esta escena que no deja ningún trauma.
Una infancia libre de violencia(s) es nuestra mejor herramienta para crear una sociedad donde la imitación de las conductas agresivas o la obediencia extrema a éstas no sean parte de los mecanismos de adaptación.
Menos gurús de Instagram y más terapia, por favor.