Centro Terapéutico

Mujer embarazada sobre el texto "1, 2, 3... ¡Acción! con un fondo de papel cuadriculado enmarcado por elementos aparentemente desordenados como una máquina de escribir, una taza con café, unas gafas, un móvil, unos auiculares, y dos cuadernos con un boli.

El postparto mágico de Alicia Sierra

Sí, también hemos visto La casa de papel. También nos hemos echado unas risas, nos hemos entretenido, y hemos desconectado como vulgares mortales después de un día agotador. Pero no venimos a hablar de cómo la policía no da ni una ni de lo fácil que parece montarse el atraco del siglo (por favor, dejad de dar ideas para delinquir, que andamos muy mal de pasta), sino de lo más inverosímil de toda la serie: el postparto de Alicia Sierra. 

Vale, La casa de papel no ha inventado los partos de cine, pero admito que me ha sorprendido que ese mito se mantenga: parir es cosa de dos empujoncitos. Entre romper aguas y tener a la criatura en brazos ha pasado ¿cuánto? ¿Cinco minutos y 20 centímetros de dilatación? 

Yo pensaba que la serie ya tenía suficiente fantasía, pero no: Alicia Sierra es otra de las tantas mujeres ficticias que no se cae de sueño, que tiene el vientre plano nada más parir, que no se ha hinchado, ni se le ha escapado el pis, ni ha tenido un desgarro, ni necesita cambiarse la compresa. ¡Oiga! Que le va la juerga (exigencias del guión, dirá alguien), y persigue al prota aunque esté a punto de reventar (quién lo diría). Y ese Profesor que vale para todo, que lo mismo funde oro que mete hasta el codo en una vagina para colocar a la bebé, como si hubiera estudiado ginecología entre golpe y golpe. 

Y así llegamos al postparto: con alegría. Con ganas de repartir justicia, amenazar al jefe, protagonizar espectaculares huidas en coche, y embutirnos en un vestido sexy (recuerda que el cuerpo a vuelto inmediatamente a su forma pre-mamá), ponernos tacones y pintarnos los labios de rojo. Ni un cambio de pañal, ni una cara de asco ante el meconio que no para de salir, ni un problemita con la leche que no sube o que sube demasiado, y en vez de tetas parecen regaderas. ¿Parir? Sí, necesitamos que esta tía para aquí y ahora, pero sin sangre, sin cordones umbilicales infectados, sin placenta, sin llorar, si caerse desmayada después, porque tiene que parir, pero también tiene que seguir como si no hubiera parido. 

En algún momento me imaginé que le harían una cesárea siguiendo las instrucciones del médico por videollamada, como mismo habían hecho con Nairobi para extirparle medio pulmón. ¿Por qué no otro tutorial de cirugía? A fin de cuentas, la serie no deja de ser una burla a todas las personas que hemos vivido un parto, ya sea como protagonistas o como acompañantes. El equivalente a esos anuncios de compresas donde lo único que necesitas para hacer el pino es un bulto absorbente entre las piernas. 

Un parto real puede parecerse más a esto: 

1- Rompí aguas a las cinco de la mañana. Estaba todo bien, la matrona nos había dicho que si el agua salía clara no teníamos que preocuparnos ni que correr. Me duché, desayuné, porque estaba muerta de hambre, y nos fuimos al hospital. Sala de dilatación, monitores, me pusieron no sé qué (me lo dijeron, pero no me acuerdo) para ayudarme a dilatar. Contracciones. A las dos de la tarde yo juraba que nunca más volvería a parir y pedía epidural a gritos. No había dilatado NADA. Entré con un centímetro y ahí seguía. Oxitocina. Por hacer corta la historia, a las nueve de la noche me hicieron una cesárea porque las pulsaciones del bebé bajaban continuamente y yo andaba por los dos centímetros de dilatación. Yo quería un parto natural pero, por supuesto, su vida y su salud eran lo más importante. 

2- Yo tuve dos partos. El primero fue horrible, con cuarenta y dos semanas ya cumplidas. Llevaba días ingresada y nadie me decía nada. Yo pensé que la niña se me había muerto, porque no la sentía moverse, y me puse a gritar que iba a matar a todo el mundo. Un médico me dijo “¿Ah, que quieres parir? Ven”. Maniobra de Kristeller, sin epidural ni nada. Pensé que me iba a morir. El segundo fue mucho más fácil: rompí aguas, me fui al hospital, que estaba como a una hora de camino, y me dijeron que hiciera sentadillas para facilitar la dilatación. En una de esas, no me pude levantar. Me acostaron en la camilla, y se me hizo corto porque creo que con mi experiencia anterior cualquier cosa me parecía fácil, pero si echo bien la cuenta, entre que rompí aguas y que nació la niña habrán pasado por lo menos cinco o seis horas. Las dos veces me rasuraron y me hicieron episiotomía.

3- Tuve un embarazo perfecto, sin náuseas, sin diabetes, sin sobrepeso, ni nada.  El parto también fue bien, pero se me hizo largo. Empecé con las contracciones seguidas casi a medianoche. Fui al hospital ya con acompañante, bolsa y todo, y me dijeron que nada, que me quedaban días todavía, que me fuera. Volví a casa e intenté dormir, pero nada. Yo tenía contracciones cada tres o cuatro minutos y no había manera. Efectivamente, estaba de parto. Regresé al hospital como a las ocho de la mañana y empezamos la dilatación. Antes no sabía si quería epidural, pero cuando llegué al hospital ya tenía claro que sí. Sentía que me estaba partiendo en dos. Nació a mediodía y yo me recuperé bien, pero vaya, los tres días en la cama no te los quita nadie. Qué cansancio.  

Señoros guionistas, por favor, tomen nota y creen personajes reales con partos y postpartos reales, no más superheroínas Carmen Mola style

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