Centro Terapéutico

La xenofobia buenista

“La extrema derecha italiana, francesa, sueca la española no quiere a quienes llegan de otros países, pregunto: quién limpiaría el culo de sus hijos, de sus mayores, quién limpiaría sus casas, les atenderían en los súper, en las peluquerías, en el transporte, quién?”

Rosa Villacastín

No sé si habéis escuchado No hay negros en el Tibet (nuestro podcast favorito después de Carne de ceremonia), pero vamos a hacer un poquito de spoiler: en el episodio sobre racismo y migración, me encantó la reflexión sobre “el inmigrante ni-ni”. ¿Qué pasa si no venimos a limpiar culos? ¿Que mejor nos quedamos en nuestro puto país? ¿A Rosa Villacastín se le habrá pasado por la cabeza que también hay inmigrantes en los estudios de arquitectura, los gabinetes de psicología y las redacciones de los periódicos?

Respuesta corta: claro que no. En el imaginario colectivo, la palabra “inmigrante” va asociada a la pobreza, y la pobreza, a la precariedad. Y la precariedad es tan puñetera que te quita hasta el nombre. Que se lo digan a Salvadora Mateos, cuyo principal interés en reabrir la frontera con Marruecos era que viniera “la muchacha” a limpiarle la casa. 

Respuesta larga: la extrema derecha sí quiere a quienes llegan de otros países. La extrema derecha española, al menos, jamás ha protestado por la llegada de personas de Alemania, Francia o Canadá. La extrema derecha quiere a quienes llegan de países considerados ricos (el debate sobre el origen de su riqueza, para otro artículo), porque sirve para reforzar su argumentario de una España próspera y atractiva para el resto del “primer mundo”.  Su discurso de odio contra las paguitas millonarias que reciben los “inmigrantes” por no hacer nada se levanta con marroquíes, no con estadounidenses.

En España hay xenofobia. Es importante partir de una premisa honesta, aunque resulte incómoda. ¿Más o menos que en otros países? Depende. ¿Es importante? ¿Debemos centrar el debate en si somos mejores o peores que el resto del mundo, o en ver qué podemos hacer para mejorar? Hay una xenofobia abierta, ultraderechista, macabra y aporofóbica, y hay una xenofobia encubierta, con cierto matiz de chantaje emocional de anuncio de ONG, y cargada de buenas intenciones. Como las buenas intenciones de Rosa Villacastín, que van directas a perpetuar la consideración de las personas pobres migrantes como la eterna mano de obra barata, sin más función social que limpiar culos nacionales. 

Nadie dijo que deconstruirse fuera fácil, pero sin duda es un trabajo imprescindible. No se trata de pedir perdón para frenar el linchamiento en redes ni de cortarse un centímetro de flequillo en un gesto de hipersororidad. Se trata de cambiar el mundo revisando nuestra propia parcela, entendiendo, como mínimo, que la dignidad de las demás personas es independiente del servicio que nos den. 

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