No es ironía: nos vuelven locas de verdad. Lo peor de todo es que la sociedad sólo acaba viendo esa parte pública y expresiva de la locura, señalando a la mujer que quiere arruinar al pobre de su marido sin pararse a pensar en qué la llevó a ese estado.
La locura no es nada. No es un trastorno del estado de ánimo ni una enfermedad con un diagnóstico concreto. La locura sólo es ese señalamiento colectivo a alguien que hace cosas raras, inexplicables, contracorriente. La locura ha sido el diagnóstico histórico para miles de mujeres que querían votar, montar en bicicleta, enamorarse de otras mujeres o ir a la universidad. Ahora es la etiqueta que pesa sobre las víctimas de violencia machista que han acabado desquiciadas después de años y años de maltrato, y en vez de comprensión se les pide la cordura que les han quitado.
Hablemos de violencia machista y locura. Empecemos por olvidar ese estereotipo de víctima visiblemente sumisa, anulada, incapaz de tomar ninguna decisión. Eso no es más que la punta del iceberg, el grado extremo de maltrato en el que ya sí se reconoce el estatus de víctima porque no hay cómo defender lo contrario. Olvídate de la pobrecita y piensa en la loca.
La loca es esa víctima no reconocida. Esa mujer que sigue teniendo algo de carácter (demasiado como para que se considere que lo está pasando mal “de verdad”). Es la mujer que ha desarrollado conductas negativas como respuesta a la violencia y es, por tanto, tan culpable como su maltratador. Dicen los forococheros que no es violencia de género, sino intrafamiliar. Se maltratan mutuamente. Él le hace cosas, sí, pero ella se defiende, y ese atrevimiento la lleva directamente a la condena social. No importa que la violencia de ella sea una respuesta al trauma, no una manifestación de maldad. No. Aquí sólo importa que ella está loca y quiere quedarse con la casa.
¿Qué menos? Te indemnizan por un accidente de coche, un despido improcedente o una negligencia médica, pero ¿no pueden indemnizarte por una relación de maltrato? ¿Quién paga la violencia recibida? ¿Quién repara las agresiones? ¿Qué pasa cuando la justicia no actúa, o cuando actúa tarde y mal? ¿Qué pasa cuando no se nos mide con la misma vara? Juana era “la loca”; Carlos II, “el hechizado”. Esa es la vara histórica cuando no queda más remedio que admitir públicamente que un hombre no estaba en condiciones de reinar y una mujer era demasiado inteligente como para permitirle hacerlo.
A esa mujer que te jode la vida, que te arma un escándalo en la calle, que te quiere sacar hasta el último céntimo que te quede en el bolsillo, la has vuelto loca tú, machista, con tu maltrato. La has hecho dudar de sí misma, la has hecho renunciar a sus sueños porque no eran más que tonterías, le has dejado la autoestima por el suelo porque hiciera lo que hiciera jamás estaría a tu altura, la has violado, has matado a sus hijos para darle donde más le duele, y ahora, cuando sólo puede pensar en vengarse, le dices que deje de romper cristales en las manifestaciones.
Como dijo Lina Wamba a propósito de la publicación de Niña Vieja. La negra, la blanca y la mora: “Se pueden dar con un canto en los dientes si con todo lo que nos han hecho, hemos hecho poesía”. A lo que yo añado: no habría cómo tipificar nuestros delitos en el Código Penal si nos diera por hacer otra cosa. Y ¿sabes qué? Nuestra rabia seguiría siendo legítima.
Comparto algunas ideas para deshacer el nudo de las desigualdades que ahogan y ahorcan a las mujeres: https://zenodo.org/records/11469522