Centro Terapéutico

Soy una mujer de mentira

Soy una mujer de mentira.

Lo tengo asumido, no pasa nada. La culpa la tiene mi amiga Lucía.

Lucía me mandó un reel donde un grupo de XY se quejaba de que mucho pedir igualdad, pero nunca veían mujeres haciendo “trabajo de hombres”: machos de torsos desnudos arriesgando su vida en las minas, fábricas, plataformas petrolíferas y otros muchos entornos donde (llámame loca) quizá no haya mujeres porque cualquiera se mete con un grupo de tíos a compartir piso en alta mar.

Podríamos resumirlo en que los hombres no hacen trabajos “de mujeres” porque son más precarios y menos prestigiosos, y nosotras no hacemos trabajos “de hombres” porque no nos sentimos seguras. Lo de siempre: ellos tienen miedo de las burlas y nosotras, de que nos maten. No responde a ninguna predisposición genética ni a ningún hábito adquirido en las cavernas, sino a nuestra socialización diaria.

No es la fuerza física lo que marca la diferencia: es el miedo a que un vídeo sexual nuestro se viralice en una empresa como Iveco y acabar suicidándonos como Verónica, sabiendo que Recursos Humanos no hará nada, que el caso acabará siendo sobreseído y que la investigación interna de la empresa estará, al parecer, protegida por la Ley de Secretos Oficiales1.

Claro, hay mujeres que nunca han sentido ese tipo de miedo que Barbie describe a su llegada al mundo real como «Me siento incómoda. No sé cómo explicarlo. Es como si fuera consciente, pero consciente de mí misma (…) con un trasfondo de violencia». Esas mujeres inmunes a la opresión estaban en los comentarios del reel acunando todos los penes imaginables con comentarios del tipo: “tengo un papá maravilloso que me enseñó el verdadero valor de un hombre”; “Los amo, hombres. Porfa perdonen a todas estas fanáticas que olvidaron la historia” y “Las verdaderas mujeres respetamos y admiramos a los verdaderos hombres”.

Pues eso, que no soy una verdadera mujer. No sé qué es un verdadero hombre. No sé en qué consiste respetar y admirar si no podemos partir de la base indiscutible de que las diferencias biológicas no deberían marcar las diferencias sociales. No sé cómo de maravilloso es el padre que le dice a su hija que hay trabajos que no le corresponden porque nació con vulva, ni qué historia han leído las que piden clemencia porque se nos ha olvidado que nuestro sitio está más cerca de El cuento de la criada que de Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes.

En algún momento entenderán que nosotras tampoco los vemos a ellos levantando personas mayores de noventa kilos en las residencias. Digo más: conozco mujeres que han sido excluidas del manejo de maquinaria agrícola porque no era para mujeres, que no han podido sacarse el carné de conducir, ni heredar tierras, ni llegar a la Universidad porque total, para qué, si eran mujeres. Y no hablo de mi trastatarabuela, sino de mujeres vivas de distintas edades y circunstancias a las que se les dijo y se les sigue diciendo que lo que quieren para ellas mismas no es su lugar natural. Por ejemplo, a una amiga entrenadora de fútbol infantil, un padre cabreado le dijo que ella lo que tenía que hacer era irse a fregar en vez de dejar a su hijo tanto rato en el banquillo, que no tenía ni puta idea de lo que hacía. Con un hombre también se cabrea, claro que sí. Lo insulta, le da una hostia y se caga en su madre (mira, otra mujer en trabajos no deseados), pero no le dice que se vaya a fregar. Por lo visto, la culpa la tiene mi amiga por no calcular bien los niveles de testosterona antes de meterse a entrenadora, no el macho de turno que no la respeta como profesional.

Sé qué viene ahora: el consejo bienintencionado de que no tenemos que tomarnos las cosas tan a pecho, pelear todas las batallas ni darle importancia a esas “cosillas” que total, no van a cambiar. Ahórrate el consejo. No tengo ningún interés en ser una mujer de verdad ni en ahorrarme disgustos si eso implica perpetuar roles de género. Aunque pueda parecer lo contrario, tampoco juzgo a las mujeres que piensan así. Sé de dónde viene y por qué es tan difícil salir de ese refuerzo positivo que te regala el lado privilegiado a modo de propina por defender sus intereses. Por eso el feminismo es para todas, también para ellas: porque algún día saldrán y estaremos aquí para darles la mano.

1 https://www.eldiario.es/sociedad/justicia-archiva-trabajadora-iveco-difusion_1_5972443.html

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